jueves, 25 de mayo de 2017

EL SOL SE QUEDO DORMIDO

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Es una fría y perezosa mañana de un invierno extremo, el sol se asoma por entre las espesas nubes  a divisar el panorama, pero con dificultad logra ver solo lluvia y grandes nubarrones.  Esta visión que el sol tiene del paisaje del día de hoy lo desanima en gran manera de salir a alumbrar y a calentar este frio amanecer.  Ante semejante perspectiva, de un día tan frio y gris, el sol regresa a su cama y metido en sus cobijas comienza a analizar la posibilidad de no salir durante este día;  el sol friolento empieza a calcular qué podría suceder si él decide no cumplir, solo por hoy,  tan solo por hoy, con su deber de alumbrar y calentar la tierra.  Y entonces el perezoso sol decidido a continuar en la cama haciendo pereza, razona acerca de las posibles consecuencias de su incumplimiento. Después de mucho pensar  y pensar, finalmente el sol fija su atención sobre dos ideas claras, concisas y concretas. 
1-    Qué puede pasar por un día sin sol en la tierra?  Pues nada, absolutamente nada, se contesta el mismo sol; al fin y al cabo mi ausencia será tan solo por hoy y esto no será suficiente para ocasionar algo relevante; no habrá tragedias, no habrá movilizaciones por esto; nada raro puede suceder durante un día sin sol por la falta del sol.  Yo soy muy importante, pensaba el sol, pero tampoco tan indispensable como para que no pueda faltar tan solo un día.
2-    Ah! Igual no tengo competencia; pase lo que pase, mañana puedo madrugar lo mismo que todos los demás días y todo volverá a ser lo mismo que todos los demás días.  No corro peligro alguno porque nadie me puede reemplazar, entonces por hoy,  solo por hoy, no me levanto y me voy a quedar durmiendo.

Confundido y convencido entre que es el único que puede realizar la misión que le ha sido encomendada, razón por la cual no tiene competencia,  y que por más importante que sea su labor tampoco es vital o imprescindible para ningún ser;  el sol  busca su mejor lado y se acomoda en su cama y se desentiende por completo de su objetivo primordial, el sol decide pasar por alto, por hoy, tan solo por hoy, su esencia y su razón de ser, brindar luz y calor a todo el universo. 

Mientras el sol dormía plácida y tranquilamente envuelto en sus suaves cobijas,  en un punto extremo del universo otro ser padecía una verdadera odisea esperando la luz y el calor del astro rey.
                                    
Es Ketir, un pequeñísimo, tranquilo  y lejano pueblo de la tierra. Aquí aún no llega la energía eléctrica ni mucho menos llegan todavía los grandes avances científicos ni tecnológicos.  Sin embargo, gracias a estas desventajas propias de su lejanía el nativo de este pueblo es recursivo e ingenioso y busca y encuentra grandes soluciones a sus grandes problemas, desarrollando al máximo toda su inteligencia y capacidad creativa, contando siempre con el invaluable apoyo de la naturaleza.  Efectivamente, la gente de este olvidado pueblo reconoce mejor que el resto del mundo el infinito valor de toda la naturaleza y la sabe utilizar para suplir todas aquellas necesidades y carencias a la cual está sometida por el ordenamiento  divino. 
De esta manera, en Ketir su gente se ha inventado un muy rustico pero efectivo sistema para aprovechar la energía solar en todas las máquinas  y herramientas diseñadas por ellos mismos para suplirse ellos mismos todo tipo de necesidades. 
Una de las tantas máquinas diseñada por los nativos de Ketir, es una pequeña válvula coronaria cuya batería debe ser cargada con energía solar, pero para poder llevar a cabo el proceso de manera correcta, este no puede ser interrumpido, es decir, que durante todo el tiempo que dure el trabajo de carga de esta pequeña batería se requiere que haya sol, es imprescindible que haya sol durante todo el transcurso de abastecimiento de la pequeña máquina.  De lo contrario, de interrumpirse el proceso de luz y calor del sol, la novedosa válvula no funciona y se pierde todo el trabajo, tocando elaborar una nueva que de igual manera estará sujeta a la misma condición, aquella de la dependencia de la luz y el calor del sol continuas para su correcta y efectiva recarga.
Mientras tanto, en el hospital de Ketir, se encuentra el pequeño Adán, quien se aferra a la vida padeciendo y soportando toda serie de sufrimientos y angustias a la espera urgente de la pequeña válvula cuya pila debería estarse cargando, unicamente con la luz y el calor del sol.  Por esta razón y ante la oscuridad reinante, que parecería que el astro rey no alumbraría ni calentaría este día, la familia del pequeño convoca a parientes y amigos para que rodeen a Adán, en un último esfuerzo por hacerle pasar su último rato en esta vida de la mejor manera posible.
Efectivamente, la única esperanza de vida para Adán la constituye la válvula que han creado sus coterráneos para él y que hoy ve interrumpido el proceso   que la hace útil, el procedimiento que le da sentido y razón de ser a la pequeña válvula hoy no se puede realizar, simple y sencillamente  por la pereza del sol; sí, la ausencia temporal del sol, tan solo por un día,   para la rudimentaria máquina es un obstáculo insalvable,  pues este trabajo se ha perdido, habrá que hacer otra válvula y esperar a que el sol quiera volver a salir, el único problema es que la salud de Adán no da tiempo. 
“El sol se creyó único a su conveniencia, único para no tener qué o quién le hiciera competencia y evadir sus obligaciones sin mayores consecuencias para él; el sol creyó que no era indispensable porque le convenía creerlo así para acallar su consciencia. 
Generalmente no somos muy imparciales cuando  nuestros intereses individuales o particulares están de por medio,  por lo regular callamos la razón para imponer los egoístas deseos del corazón…  Pero no debemos olvidar jamás que el valor de nuestra labor no depende de nuestros intereses o deseos egoístas,  esa es la gracia y lo que hace única nuestra misión personal; aquella  que nadie más puede hacer por nosotros”.
Pero finalmente sucedió lo que se esperaba, Adán murió con la inocente esperanza de que el sol saliera a alumbrar y a calentar  la máquina de la cual dependía su frágil vida y al otro día el sol siguió alumbrando y calentando el pequeño pueblo de Ketir…


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