Mi garbeo por Sentisemo tiene dos objetivos puntuales y concretos: primero escapar de esta absurda realidad que me tiene aturdida y, segundo: encontrar un castillo muy reconocido pero que yo desconozco. Sin embargo, mi lugar sagrado solo me puede ofrecer Su verdad inmaculada, que yo no entiendo la mayoría de las veces.
De manera extraña, este día hay una energía muy pesada en Sentisemo; por todas partes se percibe hoy un olor nauseabundo que inspira miedo; se siente un tremendo zipizape. Las ideas van y vienen sin rumbo y sin motivo.
Entremedio de esta aglomeración, las ideas se atropellan entre sí, se confunden, se molestan entre ellas… del centro de esta trifulca surge una suave brisa que refresca el tenso ambiente y calma un poco los ánimos caldeados, solo por unos momentos.
Aprovechando el reposo del zipizape, una idea se abre paso en medio de la multitud de ideas y toma la delantera por largo rato. Apenas una envidiosa idea lo advierte, emprende una feroz carrera hasta alcanzarla, consiguiendo inmovilizarla durante un rato. Lapso de tiempo suficiente para que lleguen las demás ideas y, en gavilla, pasen por encima de la idea que ha sido controlada por la envidia, dejándola inmersa en una voraz llamarada como castigo por su osadía de separarse de la multitud.
La gavilla de ideas continúa su camino con la certeza de haber incinerado aquella idea solitaria que, en un mal momento para sí, ha decidido no hacer parte de la manada. Sin embargo, la intención y la visión de la multitud son minimizadas ante la voluntad de la idea solitaria.
En su feroz batalla por sobrevivir a la hoguera en la cual la han sumergido sus semejantes, la idea solitaria da pasos cada vez más cortos por salir de la candela. A punto de desfallecer, ya casi asfixiada por las llamas, da su último paso para caer rendida; solo atina a sonreír al saberse a salvo de las llamas. Pero de inmediato comprende que tiene que seguir su camino hacia el castillo de luz, su refugio seguro.
Entonces se levanta, mira a todos lados y, al echar de ver que las llamas que la han asfixiado quedan atrás y que ninguna otra idea la persigue, sola inicia el corto trayecto que le falta para llegar a su cueva, la cual ya visualiza.
¡Por fin! La idea solitaria llega a la puerta de su cripta, con la tranquilidad de que allí la esperan familia, parientes, amigos y todo su gueto de afines. Sin embargo, poco antes de entrar al castillo, su principal enemiga le sale al paso impidiéndole la entrada; al reconocer a la idea de la duda, la idea solitaria se hela y tiembla de pánico, no obstante, se recupera, le hace un guiño a su enemiga, la duda, y se mete a su refugio donde la espera su caterva. Confirma que ha dejado la puerta de su castillo de luz abierta para que entre la gavilla de ideas de su adversaria, la idea de la duda.
Ergo, el tropel de ideas secundantes de la duda, entran al castillo imponiendo su liderazgo de miedo, pereza, incertidumbre, etc. Sin embargo, este goce les dura solo hasta cuando, en un estrecho abrazo, todas, todas se integran a la idea solitaria, la idea del amor.