lunes, 11 de julio de 2022

LA TUMBA DE MI NIÑEZ

Yo los tengo en mi memoria desde siempre porque desde muy pequeñita los veía llegar a la escuela con regalos para todos, buenos regalos hasta para los profesores.  Cuando yo llegaba a mi casa con esos buenos regalos, mis papás no decían nada, apenas sonreían, para ellos era algo muy normal.

Este día nunca lo olvidaré.  Mi mamá me despertó a las 5 de la madrugada cantándome las mañanitas; ese era el día de mi noveno cumpleaños.  Yo estaba especialmente feliz; cuando mi mamá me dejó en la escuela a las 6:30 de la mañana, inocentes ambas de la cruel trampa que sería mi natalicio número 9, me abrazó fuertemente, me repitió el feliz cumpleaños y nos despedimos sonrientes y felices porque esperábamos vernos a la hora del almuerzo para celebrar en familia y con amigos.

Cuando se llegó la hora del recreo, yo fui la primera en salir corriendo del salón de clase; salí feliz porque la vi a ella y me di cuenta que me estaba esperando, llevaba un regalo…  metí la carrera, pegué un brinco y me arrojé en sus brazos.   “Feliz cumpleaños, muñeca”, me dijo con voz tierna mientras apretaba mi cara contra la suya.  Yo recibí mi regalo, feliz y sin darme cuenta que estaba mordiendo la manzana envenenada.  Ella se sentó a mi lado y, en tanto que yo disfrutaba orgullosa de mi muñeca, me dijo: “con los otros muchachos te tenemos preparada una gran fiesta de cumpleaños…”.  Yo solo brincaba de la dicha, sin saber que estaba cavando la tumba para enterrar mi niñez y mi adolescencia; a mis nueve años, era imposible calcular que estaba viviendo los últimos instantes felices de mi vida.

“Vamos, vamos que se nos hace tarde”, me dijo apurada; yo contesté: “no, primero tengo que pedirle permiso a mi mamá ahora que venga por mí” …; “no te preocupes, muñeca; yo ya le pedí permiso para que fueras a tu fiesta, es más, ella nos está esperando allá”, me dijo, cariñosamente.  Yo le creí y salí con ella de la escuela, delante de todo el mundo.  Los profesores también se dieron cuenta que yo salí y me fui con Doris.  Todos la conocían y todos, hasta los profesores, se dieron cuenta que yo me fui con ella. 

Aunque el camino me era totalmente desconocido, yo iba inmediblemente feliz, sin saber que estaba a punto de sepultar mi inocencia, mi ilusión y mi esperanza.  Abrazada a mi fina y hermosa muñeca, repentinamente me entraron unas ansias, una angustia por llegar allá, donde mi mamá me esperaba para celebrar mi noveno cumpleaños con los otros muchachos.  El camino se iba poniendo cada vez más difícil; con una mano yo apretaba mi muñeca contra mi pecho y con la otra tomaba la mano de Doris; después de mucho, mucho caminar, pregunté: ¿esto cómo se llama, falta mucho para llegar?; yo no conozco este lugar, quiero ver ya a mi mamá, dije tímidamente.   Doris me contestó secamente: “esto es la selva y sí, si falta mucho para llegar”.   Luego de esto, nos sentamos a descansar un rato. 

En medio de mi inocencia, ya me estaba pareciendo que Doris no era tan cariñosa conmigo y sentí un poco de inseguridad.  Sin embargo, me callé esta percepción y continué, ahora en silencio, hasta el lugar, aquel lugar donde enterré la última sonrisa de mi vida; el mismo lugar donde nació mi llanto eterno.

Inolvidable… en el mismo instante en que llegué murió mi sonrisa y no supe que con ella se iba también, mi niñez y mi vida.  Un extraño e inexplicable temor se apoderó de mí; una sensación de inseguridad y angustia me obligaron a gritar: “MAMÁ, MAMÁ”, pero mi amargo llanto y mi estúpido grito tuvieron una respuesta seca e inhumana: “no, su mamá no está aquí y me dejó la chilladera ya mismo” , era la voz de Doris, la desconocida Doris, la verdadera Doris que con engaños me había llevado hasta este tenebroso lugar donde lo único que yo veía eran un poco de hombres y mujeres armados.  No me volví a acordar de fiestas de cumpleaños; yo solamente sentía la necesidad de ver y estar con mi mamá, era la única que podía protegerme y defenderme.  Pero, por más tenebroso que fuera ese miedo, con tan poquiticos años de vida, era imposible adivinar, ni siquiera medio intuir o calcular, el horror y la maldad humana que tendría que sufrir y padecer mientras lloraba a diario pidiendo que me llevaran donde mi mamá. 

En medio de la angustia y la desesperanza, transcurrían mis días y mis noches totalmente desamparada; lo único que deseaba era la protección de mi mamá; lloraba todo el día de todos los días.  Pensándolo bien, por esos días yo era más bien un estorbo, no era mucho lo que podía hacer porque me la pasaba en cualquiera rincón llorando, siempre llorando.  De esta época de mi niñez frustrada, tan solo puedo recordar horrores ya que me obligaron a ser testigo de todo tipo de torturas y crueldades.

Un día me mandaron con un grupo de hombres, no sé quiénes eran ni siquiera sabía sus nombres, a una misión.  Uno de ellos me tomó de la mano y los tuve que seguir para presenciar el hecho más horripilante y siniestro que pueda cometer un ser humano, con un mínimo de raciocinio, contra un semejante.

Tan solo me di cuenta en qué consistía la tal misión cuando llegamos al sitio a recoger el cadáver de uno de los hombres de esta asquerosa organización que había sido fusilado cuando intentó desertar.  La sorpresa que sentí al ver un cadáver la manifesté con un grito de espanto; me puse a llorar e intenté salir corriendo, para dónde, no sé; sin embargo, uno de estos hombres me tomó bruscamente por un brazo y me obligó a quedarme.  Había que llevar el cuerpo ante el comandante…

Me obligaron a ver cómo lo descuartizaban para empacarlo en bolsas y llevarlo al comandante del frente.  Con hacha y machete, entre dos o tres hombres picaban este cuerpo por cada una de las articulaciones, mientras yo simplemente lloraba y observaba la desalmada escena, absolutamente horrorizada, sin intuir siquiera que esto no era lo peor del día; no podía imaginar que esto era apenas el preámbulo de la más aterradora y despiadada tortura a una niña de 9 años. 

Una vez hecho pedazos este esqueleto empezaron a empacarlo en las bolsas plásticas, pero estas no alcanzaron, quedando por fuera los pies, las manos y los brazos, sin embargo, tenían la orden de llevarlo completo.  Fue entonces cuando uno de aquellos hombres, sorpresivamente me arrebató mi morral; yo, inocente de nueve años, opuse toda mi escaza resistencia a que mi morral fuera utilizado para algo tan macabro; obviamente y sin importar mis gritos ni mis lágrimas, me lo quitaron y ahí empacaron estos restos humanos.  Mientras yo lloraba repugnada y horrorizada por mi morral, no alcanzaba a imaginar que podía haber algo un poquito más macabro. 

Me resistí mucho más allá de mis frágiles y debilitadas fuerzas; grité tanto, como con la ilusión de que alguien pudiera salvarme, con la esperanza de ver a mi mamá defendiéndome para que no me obligaran a cargar ese morral a mi espalda; pero estos gritos capaces de extraer de mis entrañas todo el terror que pueda acumular y calcular cualquier persona, solo sirvieron de alimento para nutrir todo el sadismo que, de igual manera, pueda acumular y calcular cualquier persona.  Derrotada, con la inocente angustia de que esas manos que allí llevaba me iban a ahorcar, cargué mi morral en mis espaldas hasta donde estaba el comandante, sin pronunciar una sola palabra durante todo el camino.  Con el tiempo supe que esta era una práctica recurrente dentro de la maldita organización para deshumanizar a los niños. 

Pero poco a poco, yo solita fui entendiendo la situación y jamás volví a hablar con alguien; ¿resignada? Tal vez, no lo sé; en mi mente solo estaba mi mamá, era en la única persona en la que podía confiar para contarle lo que me estaba sucediendo porque era la única que me iba a defender y proteger.  A mi corta edad, ya sin lágrimas y sin sonrisas, cuando pensaba que había superado los miedos más horrendos a fuerza de vivirlos, no podía imaginar que aún me faltaban más crueldades por experimentar en mi propia piel, en mi propia carne y sin que alguien me lo contara.

Cuando tenía once años, Doris me mandó con Oscar al monte para que ayudara a traer una leña.  Sin decir una palabra, obedecí la orden y me fui con este hombre a quien no conocía, o no quería conocer, no sé.  A decir verdad, no sentí desconfianza, parecía ser un señor serio.  Pero si algún sentimiento me faltaba por escarmentar en esta tortura que yo estaba padeciendo hacía ya dos años, indudablemente era el asco y la repugnancia; el desprecio y el rechazo por todo aquello que se pareciera a la humanidad lo viví en esta ocasión con este detestable personaje.

Debía ser más o menos el medio día cuando terminamos, o más bien terminó este asqueroso porque yo no hice mucho, de recoger, apilar y amarrar la leña; entonces el abominable se sentó bajo  la sombra de un frondoso árbol, justo al frente de  donde yo estaba parada con la mirada perdida; sin ver y sin mirar solo escuché, sin darle la menor importancia, que me dijo: “chillona venga”; sin siquiera mirarlo, di dos pasos hacia este maldito; sin malicia y ya sin temor, observé cómo el maldecido se levantó al tiempo que me repetía la perentoria orden: “que vengás”, me gritó justo en el momento en que llegaba hasta mí; me tomó bruscamente por mi brazo derecho, me sacudió violentamente y me dijo: “además de chillona, sorda?”.  Yo permanecí callada, en este instante percibí mi orfandad como nunca antes.  Sí, éste fue el preludio de la cruel atrocidad.

Sin decir más, me levantó en sus brazos y empezó a “besarme” el cuello mientras buscaba un lugar donde sentarse conmigo en sus brazos.  Entretanto yo, desconociendo mi orfandad y mi abandono, gritaba mi asco e inapetencia ante la sordera de la majestuosa selva.  Sin dejar de resistirme ni de llorar, escuché cuando el maldito me dijo: “bueno mamita, o es por las buenas o es por las malas”.  El inhumano dolor físico es superable porque es pasajero, sin embargo, el asco y la repugnancia son eternos.

Lloré durante todo el camino de regreso al campamento; Doris me vio llorando cuando llegué y entonces preguntó, con un tono de burla: “y a esta qué le pasa, por qué viene chillando?” ; él contestó riéndose: “pues que le dio mamitis, usted ya sabe que ella chilla por todo”.  Yo no tuve otra opción que guardar silencio porque ya él me había advertido que a nadie le podía contar y menos a su mujer.  Ahí me enteré que Doris era su mujer.  

En medio del desamparo más cruel, me sumergí en mí; tan solo me animaba la ilusión de volver a ver a mi mamá para contarle lo que me pasaba allí; inmersa en mi soledad ya no lloraba y mucho menos hablaba; si me decían venga, iba y si me decían vaya, también.  Así pasaron algo más de dos años, hasta que apareció la nauseabunda bestia.

Ya cumplidos los 13 añitos, algún día Doris me envió a llevar un almuerzo especial a unos dos kilómetros del campamento donde estábamos.  Como siempre ni pregunté, ni comenté; simplemente obedecí inocente, totalmente desprevenida.

A nadie me encontré durante todo este recorrido, tampoco vi a alguna persona al llegar a la casucha; entré muda; dejé el portacomidas sobre una mesa y cuando me giré para salir del rancho e iniciar mi camino de retorno al campamento, el repugnante animal estaba ahí parado en la puerta, mirándome extrañamente; no sé cómo me miraba, pero no puedo negar que me impresionó tanto que me quedé inmóvil físicamente y con la mente en blanco.

Sin reacción alguna de mi parte, con una pasividad más reflejo de la repulsión que de la inapetencia, el maldito me tomó en sus brazos y me violó por segunda y última vez…  Regresé al campamento sin decir una sola palabra, no tenía a quien comentarle…

Mis días transcurrían normalmente, sin palabras; sin pensamientos de esperanza o de amargura, nada.  Un día que yo estaba con Doris, pelando unos plátanos en la cocina, de repente sentí un mareo que no pude ocultar porque trastabille y esta mujer se dio cuenta; entonces me dijo: “a usted qué le pasa chillona, no me vaya a salir con que está preñada?” … yo no había caído en cuenta de esto, a mis escasos 13 años.  Me quedé pensando; casi, casi ilusionada, sonreí.  Vanamente ilusionada, escuché cuando Doris le dijo a Oscar: “ve, llevá a la chillona donde el médico; parece que tiene problemas”.  Obviamente, yo no entendía que este era un mensaje cifrado; ya me estaba poniendo contenta; durante todo el camino yo me acariciaba mi barriga.  Lo único que me dijo Oscar, durante todo este recorrido, fue: “no le vas a decir a Doris lo que pasó porque te mato a vos y mato a tu mamá” …  No me importó, yo no había pensado en decir lo sucedido.

Llegamos a un cuarto inmundo, todo era desorden y mugre; un tipo mal encarado me hizo el aborto, sin conmoverse por mis gritos de dolor y horror.  Regresé al campamento y nunca más volví a hablar y a sonreír, menos. Sin saber lo que era sentir una esperanza o tener una ilusión, transcurrieron unos dos años de mi vida como cadáver ambulante.  Indeseadamente sucede algo anormal, muy normal.

Después de que cumplí los 15 años y aunque nunca volví a ver al fétido Oscar, repentinamente muchos de esos hombres empezaron a violarme; eran dos y hasta tres violaciones por semana.  Superado el dolor físico, ya no me quedaba más qué sentir sino fastidio y aversión.  Sin embargo, por unos pocos días volví a pensar, ya no con tanta inocencia, ahora sí con un poco de cálculo. 

Cuando empecé a sentir mareos y nauseas, comprendí que tenía que ocultarlo; mi propósito era proteger a mi hijo hasta con mi vida.  ... Pero mi vida fue escasa para defenderlo.  Era obvio, ya estaba muy barrigona porque ya tenía seis meses de embarazo.  Entonces, Doris me obligó a ir donde el médico y ante mi contundente negativa, me dio un latigazo en la espalda suficiente para desmayarme inmediatamente.  Cuando desperté en aquella inmunda cama que yo ya conocía, bañada en sangre y frente a aquel aborrecido médico, que yo también ya conocía, este me preguntó: “cómo se siente” ?; mi silencio fue la evidencia…

 

Basado en el testimonio público de una desertora de las farc, en el programa “LA NOCHE” con JEFERSON BELTRAN, del canal privado de televisión internacional “N T N 24”.

martes, 5 de julio de 2022

LUZ Y SOMBRA: SADEHANVA


Por sendero claro-oscuro deambula hoy Sadehanva, persiguiendo estela de luz que en su cielo se vislumbra, con la inocente esperanza de alcanzar aquel objeto. De repente y sin razón, también aparece una sombra. Ante esta confusión se detiene Sadehanva, sin saber a cuál seguir, pues con ambas se conecta.


A punto de regresar, Sadehanva continúa por aquel mismo sendero y tras el mismo objetivo: “alcanzar aquella meta que tanto le ha ilusionado”. Mas, luego de mucho andar el camino se bifurca… entre dudas y esperanzas; luz y sombra separadas, ¿qué hará ahora Sadehanva?


Los pensamientos se confunden, las posibilidades son solo dos, la decisión retrasa su llegada, el tiempo apremia, el atardecer ya dice presente, es imprescindible decidir…


Después de haber optado por el sendero de la luz, el camino se muestra inhóspito, una serie de obstáculos dificultan el andar...ráfagas de recuerdos de su infancia perturban sus pensamientos... ¿quizás la decisión tomada fue errónea?


Ante esta encrucijada sale al paso la razón, justificando motivos para esta decisión; ya sin dudas ni temores, el paso se hace liviano y el propósito cercano. Ilusiones y esperanzas adornan el derrotero mientras la luz va adelante ocultando la penumbra.


Ya casi alcanza la meta y, entre risas y alegrías, ilusiones y esperanzas se diluyen en la sombra que, escondida en luz brillante, ha llegado hasta el objeto. Ante la fatal sorpresa Sadehanva se derrumba, sin quien le brinde una mano y a punto de cavar su tumba.
Son instantes cruciales...la oquedad del ambiente llama a la reflexión...no hay marcha atrás, el mundo está hecho para los valientes. La hora veinticinco es anunciada en el reloj de los tiempos. El abandono la cubre, sin embargo... 

Mientras acalla sus dudas, echa un vistazo hacia atrás y, sin poder regresar, Sadehanva esto razona: “el camino es uno solo, y contiene luz y sombra; con un punto de partida y una meta por lograr; el camino es uno solo, no se puede bifurcar.”


Ha llegado el gran final y, en medio de aciertos y errores ha cumplido una misión.

lunes, 6 de junio de 2022

DOS MADRES

 Son las 6:30 de un oscuro amanecer en Lima, Perú.  A través de la ventana de la cocina, Patricia contempla la leve llovizna que riega el jardín, al tiempo que disfruta a pequeños y espaciados sorbos, una taza de café colombiano, según ella, el mejor del mundo, mientras recuerda con nostalgia: familia, amigos, vecinos, calles y paisajes que han quedado en su entrañable Colombia desde donde emigró hace ya cinco años con un equipaje de esperanzas y su único hijo, de diecisiete años (para ese entonces), en busca de mejorar su situación económica y la de su familia en Colombia.

Agradecida por la acogida que le ha brindado el país extraño, recuerda que, a pesar de que llegó al Perú con las manos repletas de ilusiones y los bolsillos clamando una moneda, pudo sacar a su hijo adelante luego de que, en su amada Colombia, el muchacho desde los doce o trece años más o menos, ya disfrutaba el peligro del vicio y la vagancia.  Sin embargo, gracias a Dios y a su lucha férrea por salvarlo de ese riesgo, hoy en día, a sus veintidós años de edad, su único hijo es un hombre trabajador, ya tiene casa propia, es independiente y la ayuda a ella bastante en lo económico.

Inmersa en ese estado de nostalgia y agradecimiento, el timbre de su teléfono móvil hela la sangre en sus venas y un pánico desconocido atora el grito en su garganta, sin saber el por qué.  No es para menos.

Patricia mira su móvil para ver quién es que la llama tan temprano y contesta ansiosa, aunque ya calmada.

·         Hola Marina, buenos días.  Dice Patricia, inquieta.

·         Buenos días, Patricia.  Ya te enteraste? Ya sabés que mataron al hijo de Carmenza por robarle el móvil?

Carmenza y su hijo de veinticuatro años, también colombianos, amigos de Patricia y Marina.  Patricia no puede contener el llanto, solo atina a gritar:

·         No puede ser, no puede ser… tengo que llamar a Carmenza, tengo que llamar a Carmenza…

Luego de la breve charla, Marina se despide para permitirle a Patricia llamar a la amiga colombiana para solidarizarse con ella en el cruel momento que está padeciendo.  Sin embargo, la consciencia del subconsciente, siempre nos alerta, aunque la hagamos a un lado.

Patricia, decidida y comprometida con llamar a su compatriota y amiga, va y viene dentro de su casa; cada que toma el teléfono para llamar a Carmenza, recuerda alguna cosa que tiene que hacer: ordenar la ropa, sacar la basura, lavar el baño, comprar el pan, etc.   Hasta que pon fin se ocupa de lo que su subconsciente le ha venido retardando, y entonces se sienta cómodamente para llamar a Carmenza a expresarle su solidaridad y brindarle acompañamiento y apoyo en lo que ella pueda.  Sin embargo, primero entra una llamada, mira la pantalla del móvil que dice: hijo, la contesta para hablar primero con su muchacho.

Al cabo de un rato, mientras aguarda en la sala de espera a que le traigan a su hijo, Patricia recuerda lo que le dijo el profesor de algebra cuando fue a cambiar a su hijo de colegio por los problemas que se le venían presentando: “Señora, tome consciencia que no está solucionando el problema, dese cuenta que solo se está llevando el problema para otra parte”.  Levanta su rostro bañado en lágrimas y cae de rodillas al contemplar, a lo lejos, a su único hijo tras las frías rejas…

Personas y ciudades, ficticias; personajes y hechos, verídicos.  Más allá de esto, una realidad tan cruel como cierta; tan indeseable como repetitiva.  Dos madres unidas por el amor y el dolor por su único hijo… dos mamás separadas por una tumba y una cárcel.  NADIE imaginaría siquiera, ser una de ellas…

lunes, 2 de mayo de 2022

EL DADOR DE LA VIDA…

El Espíritu Santo, Señor y dador de vida. | Dámaso Eslava Alarcon

 

Dicen algunos que: “el dador de la vida es el único que tiene derecho a quitarla”.  Pues bien, lo que tal vez no terminamos de entender a la hora del juicio y la crítica al prójimo o a nosotros mismos, es que el dador de la vida tiene infinidad de formas, a pesar de lo cual no pierde su don de dador de la vida…, por ende, en cualquier circunstancia, por cruel o dolorosa que esta sea, nunca cede ese derecho, Su derecho. 

Carmen es una mujer de raza negra de 41 años de edad; acuerpada, mide más o menos 1,65 mt. y  80 kg de peso corporal.  Quedó viuda hace 15 años luego de que su esposo Alberto, un hombre negro de 28 años, comerciante dedicado al negocio de un restaurante; padre de su único hijo, fuera asesinado en su propia casa y en presencia de su mujer y de su hijo de apenas 10 añitos de edad, por negarse a pagar una extorsión a la guerrilla. 

A raíz de este crimen y agobiada por el constante asedio de la guerrilla para despojarla del fruto de su trabajo, decidió dejarlo todo abandonado y emigró con su hijo adolescente a la capital donde empezó de cero con el negocio del restaurante, pues, cocinar es lo único que Carmen ha sabido hacer durante toda su vida.  El único equipaje que llevaron consigo fue la escopeta que fuera de su marido sacrificado.

Así pues, Carmen después de luchar sola por su único hijo, quien le colabora en las labores propias del restaurante, porque nunca quiso estudiar más allá de 5 grado de primaria, ha logrado, luego de muchas privaciones, acumular el dinero suficiente para comprar un local y amoldarlo a sus gustos y necesidades.  Nadie sabía que Carmen, desde que llegó a la capital hace ya 13 años, se hizo el propósito de tener algún día casa propia con un local acondicionado para su otro amor, su restaurante.

De tal manera que, una vez tiene disponible el dinero suficiente para comprar la casa de sus sueños en el lugar y con las condiciones necesarias que le permitan amoldarla y ajustarla a sus requerimientos, Carmen llama a su único hijo, Carlos que ya tiene 25 años de edad, para contarle su proyecto y así mismo encomendarle la difícil tarea de buscar y encontrar esa casa con esas especificaciones.  Pero el negocio del restaurante no puede descansar ya que este es el que da para el sustento diario; así es que estas averiguaciones e indagaciones en nada afectan el normal desarrollo de las actividades del restaurante, que aumenta su clientela a diario, haciéndose cada vez más evidente la necesidad de un local más amplio y cómodo.

Así pues, ante la presión vehemente de Carmen, por fin llega el momento en que Carlos le comunica a su mamá que ha encontrado la casa adecuada en el lugar indicado y le sugiere que debe tener ya el dinero disponible para concretar la transacción lo más pronto posible.   Obviamente Carmen asiente y consiente las recomendaciones de su único hijo y acuerdan ir a ver la casa para cerrar el trato con el actual propietario.

Correspondiendo a lo acordado, Carmen y Carlos van a ver la casa que se proponen comprar, luego de inspeccionarla y constatar que es lo que desea y necesita, la mujer pacta una cita con el vendedor de la casa para hacer efectivo el pago negociado para el próximo martes a las 3 de la tarde en la residencia actual de Carmen y Carlos.  Sin embargo, el lunes anterior al día de la cita, sucede un imprevisto que ratifica que el único error posible en la vida, radica en su inmaculada perfección…

Llegado el lunes, antes de la cita entre comprador y vendedor de la casa, en el restaurante de Carmen solo se respira un aire de realización y agradecimiento que se reflejan en el rostro de satisfacción de los innumerables clientes que hoy han disfrutado del buen plato  y del buen ambiente en una cantidad muy por encima del promedio habitual hasta la 1:45 de la tarde más o menos, cuando unos cuantos comensales, luego de que reposaron un poco el almuerzo, se disponen a continuar con su respectiva jornada y los dueños, o mejor la dueña porque Carlos no se encuentra en el negocio en este momento debido a que salió a llevar un domicilio y aún no regresa, se preparaban para terminar con su labor del día,  Carmen revive su historia de horror y terror que le ha marcado toda su vida.  

Siendo más o menos la 1:45 de la tarde del lunes, irrumpen en el restaurante de manera violenta dos encapuchados; uno de estos se queda agazapado en la puerta del local y el otro desenfunda un arma y apunta a la cabeza de Carmen mientras se acerca a la caja donde se encuentra esta mujer casi paralizada por el pánico y la desilusión; a pesar de que la circunstancia se le hacía conocida, hoy sentía un hielo devastador que le revolcaba las vísceras.  Cuando el encapuchado llega a la caja, siempre apuntando a la cabeza de Carmen, empieza a vociferar con una gruesa voz de mando: “la plata, la plata… a ver, movete vieja hijueputa que no tengo mucho tiempo…”, gritaba este delincuente al tiempo que le daba con la cacha del revólver a la mujer en la cabeza…  ante la renuencia de Carmen a entregar el dinero, el segundo delincuente, el que estaba en la puerta desarmado y desalmado, se acerca al lugar de la escena.  Carmen ya se ha dado cuenta que este hombre no tiene armas y piensa, con ilusión, que viene a socorrerla o defenderla de la brusca actitud de su atacante.  Sin embargo, el hombre sin mediar palabra alguna, estruja a la mujer, señalándole con la boca fruncida, que traiga el dinero ya.

Carmen se da cuenta que uno de los clientes que había en ese momento en el restaurante, logró salir y lo más seguro es que haya ido a pedir auxilio a la policía; entonces les entrega todo el dinero que tiene en caja.  No obstante, el hombre insiste en que tiene que entregar todo el dinero y empieza a ultrajarla verbalmente, ya casi desesperado frente a la persistente negativa de la mujer que, a pesar de la convulsión interior que está padeciendo, se ha percatado también del nerviosismo de sus victimarios.

Repentina y bruscamente el encapuchado quita el seguro del arma… este espeluznante ruido hace helar la sangre en las venas de todos los asistentes  al grotesco espectáculo y hace reaccionar al cómplice que le hace un gesto de tranquilidad al delincuente para que no vaya a disparar,  le da un  fuerte empujón a Carmen y hace que ésta caiga al piso, circunstancia que es aprovechada por este hampón para patear a la mujer en la cara y forzarla a que entregue todo el dinero de sus ahorros logrados durante todos estos años.  Ante la brutal agresividad de este hombre, Carmen se levanta del piso como puede, se lleva la mano izquierda a la boca de donde brota un chorro de sangre y con la mano derecha le hace un ademán para que espere un momento mientras ella trae el dinero que está en el cuarto de enseguida.

En efecto, Carmen entra al cuarto de enseguida de la caja del restaurante, toma las chupas negras que contienen el dinero destinado a la compra de la casa y remodelación de su negocio y se dispone a salir.  Pero, una vez en la puerta, antes de salir del cuarto, la mujer suelta las dos bolsas para mirarse en el espejo que está colgado detrás de la puerta y confirmar presa del pánico y la desolación: “ufff… este hijueputa me tumbó los dientes” dijo mientras oscurecía su rostro y su mundo con una mueca de asco y desesperanza.  Sin embargo, cualquier emoción o sensación que se pudiera estar gestando en el interior de Carmen, se vio cercenada por el grito hostil del hombre armado: “muévase cucha que se me agota el tiempo y la paciencia…”…ante la perentoria orden, la mujer reacciona y se ubica en su cruel presente; con la cabeza en alto y sin derramar una sola lágrima por este ultraje físico y emocional, se agacha un poco para retomar las chuspas con el dinero… pero esta vez el dolor la distrae, como forzándola al cumplimiento de su perversa, desconocida y extraña misión.

A punto ya de salir del cuarto a entregar las chuspas con el dinero a los dos atracadores, Carmen ve que, detrás de la puerta, colgada donde ha permanecido por años sin que alguien la volteara a mirar siquiera, está inmóvil, inerte, pasiva y silente la escopeta de Alberto, su marido asesinado hace ya 15 años.  Como autómata, pensando sin saber qué piensa, pero sintiendo sin saber que siente, la mujer se lleva la mano izquierda a la boca mientras con la otra toma el arma e inmersa en una nube de confusiones, decidida sale del cuarto dirigiéndose donde está su único pero sanguinario victimario. 

Sin pensamientos buenos o malos, sin sentimiento noble o perverso, Carmen hace un único tiro, certero, preciso.  Justo en este instante, llega la policía al lugar.

Luego de constatar que el atracador ya está muerto, el agente de la policía descubre el rostro del hombre abatido por su víctima… ante el horror de esta sorpresa, enmudecen todos los presentes, menos Carmen, quien sin sorpresa y con certeza, como un tempano inerte, al tiempo que entrega el arma homicida al representante de la autoridad, lentamente se agacha para abrazar a su único hijo y hacer la señal de la cruz, mientras dice: “yo te di la vida… yo te la quité…”.

Muchos años después, Carmen es una mujer con los ojos secos porque las lágrimas se le congelaron en el alma o, tal vez, inundaron la paz de su consciencia que le reprocha a gritos que su mayor error de madre, fue haber sido la mamá perfecta…

lunes, 25 de abril de 2022

 

AMOR EXTREMO… 79 y 27

Puede existir una relación de amor entre 79 y 27?, y si no es de amor, entonces de qué?

Indudablemente uno podría aventurarse a decir que ninguna, porque desde donde se mire, solo se aprecian las diferencias normales de los dos estados extremos de las condiciones físicas de las personas.  Sin embargo, cuando ellos no se buscan, pero sí se encuentran y se dan cuenta que cada uno contiene lo que el otro necesita, no hay poder humano capaz de detener esa fuerza avasalladora que arrasa a su paso con todo tipo de códigos morales y opiniones familiares, siempre sesgadas por normas sociales y conveniencias personales, para dar rienda suelta a los dormidos residuos de pasión en el uno y al voraz apetito de estas experiencias por vivir en el otro.  Ciegos, sordos y mudos, jamás se detienen a considerar las diferencias que le inspiran al resto del mundo, sencillamente porque estas han sido consumidas por el mismo fuego que a los dos les alimenta la vida

Aquí no se trata de una vida que comienza y otra que termina, es mucho más; se trata de una vida por compartir entre dos personas que se encontraron en un cruce del camino que recorrían en contravía el uno del otro y que ahora simplemente deciden continuar juntas, sin cobrarle el uno al otro si adelanta el paso o lo retrasa,  atrapados él en ella y ella en él,  por un solo sendero con dos caminos por recorrer, el uno por hacer y el otro por deshacer tal vez, pero unidos por la misma necesidad de satisfacer el instinto animal tan racional para sobreponerse a todo tipo de normas y tradiciones como irracional para vivirlo sin más reglas o leyes de las que establece el código de cada instante de obscenidad; de tal manera que los dos implicados en este juicio solo son víctimas inocentes de una sociedad decadente que se creyó con el derecho de fijarle reglas a la naturaleza; una sociedad victimaria que se tomó el poder de manipular las ganas de todos según los gustos de algunos: sociedad victimaria del Ser Humano y el Ser Humano verdugo de la sociedad.

En la inmensa mayoría de los casos, esta clase de relaciones extremas, ya sea por diferencia de edad, situación económica, por mezcla de razas… etc., se asocian con algún tipo de interés material como suele ser el dinero o el poder.  Por lo general, en esta condición de interés material la sociedad justiciera encuentra el único valor que sustenta o soporta una relación sentimental como esta.   

No obstante, en este caso la sociedad injusta y  pudibunda se quedó sin ese infame argumento del interés material para darle la razón de ser a esta diferencia de 52 años, que  más bien refleja hastío y cansancio  por tradiciones culturales a las cuales nos han tenido subordinados durante toda la vida y que son una manifestación más de la estupidez del Ser Humano, que en su afán de superación y desarrollo exterior ignora y rechaza su poder interior, desconociendo con ello su esencia y en consecuencia, anulando el motivo de su existencia.

Para el caso, esa enorme diferencia física de 52 años entre estas dos personas no  fue suficiente para apagar el fuego de aquella primera mirada, todo lo contrario, resultó escaza para contener y detener el caudal de emociones que los zarandeó a ambos en aquel instante y que tan solo ellos pudieron percibir porque el resto del mundo apenas logró captar su asombrosa disparidad de 79 a 27 años de edad y en ello se entretuvo, desconociendo por completo que la vida útil del Ser Humano es de principio a fin… por lo regular no tenemos consciencia de que los sentimientos, sensaciones y emociones marcan la vida de una persona desde el instante en que ve la luz de este mundo hasta su último suspiro aquí.

Las diferencias externas, sean de la índole que sean, solo son frágiles apariencias físicas que noblemente ceden su tiempo y su espacio a la manifestación de sentimientos, sensaciones y emociones siempre invisibles y atemporales, pero que son la sustancia y la esencia que condimentan la vida, sin más ilusiones que vivir y no dejar expectativas sin vivir…

Si la pobreza fuera apetecible, se podría maliciar algún tipo de interés, pero ninguno de los dos tiene alguna posesión material;  sí que se identifican plenamente este par, que de un lado con 79 años vividos no alcanzó a provisionar para la época improductiva ya que se acostumbró desde siempre a conseguir lo del diario y eso le fue suficiente; del otro lado, si bien a los 27 se tiene toda la vida por delante, para este caso, no parece haber mayor voluntad ni disciplina por superar las necesidades económicas. 

Así es pues que, a los 79 años, con instintos dormidos mas no consumidos, esta mujer termina su vida al lado de un hombre de 27 años con el instinto despierto ansioso por devorar.